RESUMEN: Este trabajo pretende evaluar la importancia de la producción textil en las sociedades de la Edad del Bronce en el cuadrante suroriental de la Península Ibérica. Se ha tratado de caracterizar cada una de las artesanías textiles: tejeduría, cordelería y cestería, principalmente. Para ello se ha elaborado un inven- tario de las evidencias arqueológicas publicadas relacionadas con la producción textil. Se ha prestado un especial interés a aquellas que permitan inferir su organización y control como proceso de trabajo. Se ha valorado críticamente la información contextual asociada a estas evidencias. Con el estudio efectuado se llega a la conclusión de que, en su conjunto y en el ámbito espacial y temporal considerado, la producción textil estaba integrada por artesanías -como la cordelería y la cestería- de carácter claramente doméstico, frente a otras, como la elaboración de paños y telas, sobre las que aparentemente se ejerció un mayor control en cuanto a su producción y distribución.
Palabras clave: Artesanía. Sistemas de producción y distribución. Levante peninsular. El Argar. Bronce valenciano.
ABSTRACT: In this paper, we try to assess the importance of textile production in the societies of the Bronze Age in the Eastern Iberian Peninsula. We have tried to characterize each of the crafts, weaving textiles, cordage and basketry, mainly. We have made a thorough inventory of the published archaeological evidence related to textile production. It has paid particular interest to those that allow us to infer how far this was an activity subject to social control. It has critically evaluated the archaeological evidence and the contextual information associated with it. We conclude that, as a whole and in space and time considered, some textile production processes -like cordage and basketry- were clearly developed in a household field, compared to others, such as manufacture of fabrics and dresses, on which apparently it was exerted more control in their production and distribution.
Key words: Craftwork. Production and distribution systems. Eastern Iberian Peninsula. El Argar. Valencian Bronze Age.
1. Introducción
A pesar de nuestra condición de arqueólogos/as, a menudo olvidamos la extraordinaria importancia que en las sociedades pretéritas tuvieron la pro- ducción y el consumo de objetos elaborados con materias perecederas. Ejemplos relevantes son los productos textiles o las manufacturas realizadas en madera, de las que apenas quedan restos docu- mentales en el registro arqueológico, a pesar de que debieron ocupar un amplio espacio de la rea- lidad material de nuestro pasado prehistórico.
En este texto pretendemos presentar y analizar el conjunto de evidencias relacionadas con el tra- bajo y gestión de fibras vegetales y animales en el sureste y levante peninsulares y evaluar el grado de especialización laboral alcanzada por la pro- ducción textil y la cestería, tanto en la sociedad argárica como en otros grupos arqueológicos de su entorno. No en vano esta región era, ya duran- te la Edad del Bronce, uno de los territorios más cálidos y semiáridos de la Europa mediterránea, muy propicio para el desarrollo y reproducción de especies como el esparto, cuyo aprovechamiento se remonta, al menos, a inicios del Neolítico, y que alcanzó una enorme importancia económica durante la Antigüedad, la Edad Media y Moderna (Marco, 2010).
2. Las fibras manipuladas durante la Edad del Bronce
En casi todos los yacimientos excavados en el cuadrante SE de la Península Ibérica se han docu- mentado restos de tejeduría, cestería, cordelería e instrumentos relacionados con su producción (Siret y Siret, 1890; Alfaro, 1984). Todas las evi- dencias proceden de tumbas o de ambientes domésticos afectados por incendios, en los que se han conservado fibras vegetales manipuladas de diferentes especies como lino, esparto, junco y anea. La única fibra trabajada de origen animal de la que queda constancia es la lana, documentada en la tumba 121 de Castellón Alto (Molina et al., 2003: 157; Rodríguez-Ariza et al., 2004: 14). La piel sería también ampliamente utilizada, a pesar de que no existe constancia arqueológica para la Edad del Bronce en esta zona, aunque sí para momentos previos, como evidencia el hallazgo de una bolsita de piel en Cueva Sagrada I, en Lorca (Eiroa, 2005). En cambio, sí se conocen instru- mentos líticos con trazas de trabajo del cuero (Risch, 2002: 258).
El lino es una de las especies vegetales más ampliamente aprovechadas en toda la cuenca mediterránea, al menos desde los inicios de la domesticación, tanto para obtención de aceite de linaza como, sobre todo, para actividades textiles (Stordeur, 1989; Barber, 1992; Zohary y Hopf, 1993). Los procesos relacionados con su manipu- lación e hilado han sido ampliamente tratados, remontándose los primeros estudios a autores clá- sicos como Plinio el Viejo en su Historia Natural (Alfaro, 1984; Barber, 1992). No obstante, convie- ne recordar que se trata de una planta de rápido crecimiento que necesita humedad y temperaturas suaves. Dado que suele agotar los suelos donde se cultiva, los lugares más óptimos para ello son los espacios arenosos donde el agua no se encharca.
La mayoría de los especialistas considera que su introducción en la Península Ibérica como planta cultivada no debió ser anterior a los inicios del III milenio cal BC (Van Zeist, 1980; Hopf, 1991). La presencia de semillas de lino en un amplio número de asentamientos del SE (Buxó y Piqué, 2008) atestigua su importancia económica. Su aprovechamiento como materia prima para la producción textil se constata en el enterramiento múltiple de la cueva Sagrada I de Lorca (Ayala, 1987), donde se hallaron 2 túnicas de lino atadas en un hatillo con un cuerpo de esparto trenzado, situado cerca del cadáver de una mujer (Domé- nech et al., 1987). El ajuar incluía también otros elementos, como 5 varillas de hueso, un huso de madera con incisiones para ayudar a fijar el hilo (Alfaro, 2005: 230), 3 punzones de cobre, restos de una bolsa de cuero de piel de cerdo y un col- gante o gargantilla de madera con restos de lino enrollado que bien pudo conformar el cuello de un vestido o ser parte de un telar de mano (Eiroa, 2005: 21-22).
Respecto al esparto, conocido aquí como "ato- cha", se presenta como arbusto de corta altura (Kuoni, 1981) y se desarrolla en suelos esteparios y salinos (Reyes, 1915: 28; Marco, 2010) (Fig. 1). Con algunas variaciones, fruto de la acción antró- pica, estas condiciones son las que se registran en la zona en estudio al menos desde la Edad del Bronce (Machado et al., 2009). Hasta donde per- mite llegar el registro arqueológico, su manipula- ción en trabajos de cestería y cordelería se remonta a los inicios del Neolítico (Ayala y Jimé- nez, 2007).
Lo mismo podemos considerar para la anea, planta herbácea, bastante robusta, que puede superar 1 m de altura. Se desarrolla en medios lacustres y humedales formando colonias y su empleo desde época prehistórica está suficiente- mente constatado (Contreras, 2000: 336; Rodrí- guez-Ariza y Guillén, 2007: 63).
Por el contrario, las fibras de junco no son muy frecuentes en los yacimientos peninsulares (Priego y Quero, 1992; Jover et al., 2001). A pesar de ello, a juzgar por las referencias de numerosos autores clásicos, su uso debió estar muy extendido en la elaboración de cuerdas e hilo para coser, pescar y en la elaboración de cestos y tejidos (Rivera y Obón, 1991). Se trata de una planta ciperácea que emite numerosos tallos rectos de diferente longi- tud, formando matas densas que proliferan en zonas endorreicas y fondos de barrancos. Su apro- vechamiento como materia prima para la produc- ción textil se justifica por las características de sus tallos, que poseen una gran capacidad de disocia- ción de fibras, amplia resistencia y una cierta flexi- bilidad para trabajarlo. Los juncos debían ser arrancados, machacados, desecados y deshilachados. Algunos trabajos de experimentación (Galván, 1980: 49) muestran que el majado es importante, ya que acelera su deshidratación, favorece el des- hilachado y permite trabajar con filamentos más finos.
Es muy probable que el uso de fibras vegetales para la producción textil implicara el aprovecha- miento de una variedad de plantas mucho más amplia (Kuoni, 1981). Pero las dificultades de conservación de este tipo de materiales en los registros arqueológicos impiden, por el momento, corroborarlo. En cualquier caso, lo que sí parece evidente es que las formas de preparación y trata- miento de las fibras, así como las técnicas de ela- boración de tejidos, no cambiaron sustancialmente hasta la industrialización.
3. Evidencias arqueológicas de las actividades textiles
En el registro arqueológico, los procesos de manipulación de las fibras para convertirlas en tejidos y productos de cestería tejida (Adovasio, 1977) pueden inferirse a partir de, por un lado, los propios restos de hilado y trenzado, definidos como evidencias directas primarias o productos textiles; y, por otro, por los instrumentos de traba- jo relacionados con procesos de devanado o cosido -fusayolas, pesas de telar, punzones, agujas, etc.-, considerados evidencias indirectas primarias (Stor- deur, 1989). Además de estas, los yacimientos arqueológicos también suelen proporcionar restos como las improntas de tejidos, cestería y cordelería sobre materiales inorgánicos, como la arcilla.
3.1. Los productos de la actividad textil
3.1.1. Tejidos de lino
Son numerosos los fragmentos de tejido de lino documentados en contextos arqueológicos del SE peninsular pertenecientes a vestimentas, suda- rios o fundas (Siret y Siret, 1890; Alfaro, 1984; Hundt, 1991). Su número se eleva a más de un centenar entre sepulturas y ámbitos habitacionales de 22 asentamientos (Figs. 2 y 20). Todos ellos proceden de yacimientos argáricos, excepto el enterramiento de la cueva n.o 9 del Monte Bolón (Soler et al., 2008; Herráez y Acuña, 2011) y los restos de Cabezo Redondo (Soler García, 1987), asentamiento situado en el ámbito periférico del Argar (Hernández, 2009).
La mayor parte de los fragmentos se han con- servado como consecuencia de su impregnación por óxidos de cobre, al estar adheridos o servir como fundas de objetos metálicos (Fig. 3). Las únicas evidencias domésticas conocidas hasta ahora proceden de los yacimientos de El Oficio -casa V- (Alfaro, 1984: 123), Castellón Alto (Rodríguez-Ariza y Guillén, 2007: 63) y del estra- to IV del departamento VII de Cabezo Redondo (Soler García, 1987: 46). Se trata de fragmentos de lienzos de lino de tono blanquecino parduzco. Solo conocemos 2 casos en los que se haya referi- do la presencia de manchas de tono rojizo.
El uso de algún tipo de material colorante para la tinción de telas es un tema controvertido cuyo debate se remonta a los tiempos de los hermanos Siret (1890: 200). Las diversas aplicaciones a las que pudieron destinarse sustancias como los óxi- dos de hierro o el sulfuro de mercurio (Briceño, 2011) explican el esporádico hallazgo en contextos domésticos de recipientes y utensilios implicados en su almacenamiento, procesado y aplicación. Estos fueron documentados en yacimientos como San Antón de Orihuela, en el que en su día se anotó la presencia de "... sustancias colorantes con el correspondiente morterito de piedra para tritu- rarlas" (Furgús, 1937: 24) o el Cerro de El Cuchi- llo, donde se localizó un pequeño recipiente cerámico que contenía polvo de una sustancia de color rojo intenso interpretada como ocre (Her- nández y Simón, 1993: 213, lám. IV, 2).
Hace algunos años, Delibes de Castro (2000) sugería que la coloración rojiza de los huesos de algunas sepulturas argáricas podía reflejar la exis- tencia de prácticas de embalsamamiento y no un teñido con fines exclusivamente ornamentales de prendas de vestir. A su juicio, razones de índole sanitaria relativas a la toxicidad del sulfuro de mercurio justificarían descartar su empleo en el teñido de prendas que tuvieran un uso cotidiano, y a defender la posibilidad de que esta coloración de los huesos constituyera más bien el residuo de determinadas prácticas funerarias (ibidem: 230). Resulta difícil pronunciarse, ya que siguen faltan- do análisis espectrográficos que corroboren la pre- sencia de cinabrio sobre muestras de tejido. Los escasos datos obtenidos hasta ahora están confir- mando la presencia de cinabrio sobre huesos u otros elementos del interior de las sepulturas (Juan Tresserras, 2004), pero ninguno procede de muestras textiles. De hecho, las evidencias más sustanciales acerca de la posible presencia de teji- dos teñidos en el ámbito argárico continúan sien- do las reportadas por los Siret. En especial, las bandas de cinabrio aparecidas sobre la frente de los cráneos de los esqueletos femeninos de las tumbas 356 (Siret y Siret, 1890: 198; lám. XX, 1 y 2) y 129 de El Argar (Jacques, 1890: 397; tab. XXVI). Y también una serie de improntas de tela cubiertas por películas de cinabrio conservadas sobre pellas de barro, que procedían de la tumba 797 (Siret y Siret, 1890: 201). Una impronta similar, aunque sin huellas de pigmentaciones, se ha constatado recientemente en la tumba 111 de Fuente Álamo. En este caso se ha podido recono- cer parte de un paño ligero de lino, de tipo gasa que, a juicio de Hagg, tal vez cubría parte del ajuar alimenticio exterior a la tumba (Schubart et al., 2004: 142).
De igual modo, algunos de los fragmentos de tejido de Cueva Sagrada I de Lorca presentan colorante de tonalidad rojiza. Los análisis realiza- dos indicaron que el colorante empleado podría proceder de la Rubia tinctorum L., planta origina- ria del sur de Europa, que aparece de forma sil- vestre en el ámbito mediterráneo. Ya Plinio el Viejo indicaba que la raíz de esta planta, una vez seca y pulverizada, servía para preparar sustancias usadas en el tintado de lanas y cueros (Alfaro, 2005: 237). También se empleó desde antiguo para teñir el lino. La presencia de hierro y alumi- nio en la muestra analizada (Ayala et al., 1999) ha permitido sugerir que el mordiente empleado en la fijación del colorante pudo ser el alumbre.
Con todo, los fragmentos conservados son tejidos de entramado liso para el que solo se requiere del empleo de un único lizo, probable- mente en telares verticales de pesas, en los cuales se elevan o descienden a la vez los hilos pares o impares, dejando libres dos posibles caminos, que se utilizan en la trama de forma alterna (Alfaro, 1984: 112). Se logra un entramado simple, técni- camente conocido como tafetán 1:1. Estos tejidos están integrados en su mayor parte por hilos dobles, aunque en algunas ocasiones son simples -como en los casos de Rincón de Almendricos y Puntarrón Chico y también en el de un pequeño lienzo adherido, junto a otro de hilo doble, sobre una alabarda de Laderas del Castillo-. Los hilos presentan prioritariamente torsión en Z y su gro- sor oscila ampliamente entre 0,2 y 1 mm, aunque predominan los comprendidos entre 0,3 y 0,5 mm, por lo que el tejido habitualmente no suele presentar una forma regular cuadrada. También se constatan variaciones notables en cuanto a la den- sidad, medida en número de hilos por centímetro; en general, esta oscila de unos tejidos a otros. Y también varía el número de pasadas de la urdim- bre con respecto a la trama. Su número suele situarse entre la relación 4/7 y 14/24 cm, aunque suele repetirse una frecuencia entre 12 y 14 por cm (Alfaro, 1984; Hundt, 1991).
En algunos casos se ha constatado cómo la urdimbre podía estar rematada con flecos, obser- vable en un fragmento de la tumba 149 de Brujas (Alfaro, 1984: 124), pero también acopiados sobre un cordoncillo como el de la tumba n.o 9 de El Argar (Siret y Siret, 1890: lám. 36). El resto suele tratarse de fragmentos muy pequeños adhe- ridos o utilizados como funda de algún objeto metálico, tanto de cobre, como de plata.
Por último, queremos destacar la información contextual procedente de 3 tumbas, todavía en proceso de estudio: la n.o 121 de Castellón Alto, la tumba del corte 16 de Tabayá y la cueva n.o 9 del Monte Bolón.
- La tumba 121 de Castellón Alto
Su cronología se sitúa en la franja 1900-1600 cal BC y constituye un unicum en el conjunto de sepulturas argáricas, al documentarse los restos parcialmente momificados de un adulto y de un niño asociados a diversos restos de tejidos (Molina et al., 2003; Rodríguez-Ariza et al., 2004; Rodrí- guez-Ariza y Guillén, 2007).
La tumba, de tipo covacha, fue excavada en el interior de una de las viviendas de la terraza infe- rior y sellada con un muro de mampostería y tablones de pino salgareño enfoscados. La sequedad ambiental del interior y el cierre casi hermético de la sepultura posibilitó la conservación de tejido cor- poral y del pelo trenzado de la cabeza, barba y cuerpo de un varón de unos 27/29 años, dispuesto en decúbito lateral izquierdo con las extremidades fuertemente flexionadas sobre el pecho, y de un niño parcialmente articulado, en posición secunda- ria, del que también se han conservado algunas partes blandas y restos de pelo (Molina et al., 2003: 157). Otros restos orgánicos asociados a los inhumados permitieron advertir que iban ataviados con diversos ropajes.
El adulto iba vestido con una especie de túnica y pantalón de lino, de los que se conservan varios fragmentos. La pernera derecha presentaba ade- más, en su tercio inferior, una redecilla de cuerda de esparto trenzada, junto a la que también apare- cieron posibles fibras de lana. El niño portaba un gorro de lana tejida recubierta por cuero y tam- bién estaría vestido con una túnica o traje de lino (ibidem).
- La tumba del corte 16 de Tabayá
En las excavaciones efectuadas en el asenta- miento argárico de Tabayá fueron documentadas un total de 11 tumbas (Hernández y López, 2010). La tumba 5, localizada en el corte 16, capa III (Fig. 4), era una cista de mampostería donde había sido inhumado un hombre adulto (De Miguel, 2003: 256) en decúbito lateral izquierdo, muy encogido. Como elementos de ajuar le acompañaban una pata de cabrito, un canto de cuarcita y un brazalete de marfil en el brazo dere- cho. La presencia de diversos fragmentos de teji- dos, posiblemente de lino, de trama simple y lisa en algunas costillas, brazos y cadera, permiten considerar que iba vestido con una túnica o sudario que le cubría al menos hasta las rodillas (Hernán- dez y López, 2010: 226).
- La cueva n.o 9 de Monte Bolón
Las cuevas del Monte Bolón, fuera del ámbito argárico, asociadas por su proximidad al asenta- miento del Peñón del Trinitario, fueron expolia- das hace unas décadas por aficionados. Los restos recuperados en la n.o 9 mostraron la inhumación de un/a niño/a de unos 3 años, con evidencias de momificación o desecación natural del esqueleto.
La cavidad natural, de pequeño tamaño, al parecer también fue sellada, lo que posibilitó la conservación de la inhumación en decúbito lateral flexionado sobre el lado derecho (Fig. 5A), acom- pañado de un ajuar textil excepcional. Las data- ciones absolutas realizadas sobre hueso humano permiten atribuirle una fecha cercana al 1775 cal BC (Beta 248323: 3450 ± 40 BP; Beta 248324: 3470 ± 40 BP) (Soler et al., 2008: 44, tabla 1).
El cadáver fue depositado sobre un capazo o bolsa de esparto con asitas (Fig. 5B), integrada por la unión de al menos 13 tiras de pleita de esparto sin mazar, de unos 6 cm de anchura, cosidas entre sí, festoneado con esparto mazado y con entrama- do cruzado en diagonal (Herráez y Martín, 2011: 371). Un traje o sudario de lino (Fig. 5C) fue colocado plegado a un lado del cuerpo, junto a otras ofrendas (Soler Díaz et al., 2008: 53). Los fragmentos de tejido de lino con- servados son de tono blanquecino- amarillento, de entramado liso, elaborado con un hilo muy fino, empleando hilo doble de 1 mm de grosor, torsionados entre sí con torsión derecha en S y densidad de 12 hilos/cm para la urdimbre y 10 para la trama. Aunque en un fragmento se han conservado los bordes de la tela, no hay orillos (Herráez y Acuña, 2011: 372).
3.1.2. Madejas, ovillos y husos
Mientras en la Europa septen- trional y central son relativamente numerosas las evidencias conserva- das -especialmente en contextos lacustres (Masurel, 1985; Bouquet, 1989; Barber, 1992)- en la Europa mediterránea son contados los ejemplos conocidos de husos, a pesar de registrarse un amplio número de fusayo- las (Alfaro, 1984; Contreras et al., 2000: 89; López Mira, 2004).
En los yacimientos arqueológicos y debido a las condiciones de conservación puede ser complicado diferenciar entre madejas u ovillos, al igual que si el hilo devanado en los husos se conserva y almacena sobre la misma varilla del huso, una vez extraída la fusayola, el huso pasaría a ser una bobina.
Creemos que probablemente la presencia de ambas formas de almacenamiento de hilo respon- de a dos sistemas diferentes de uso del mismo: los ovillos de hilo enrollado en sí mismo, de forma esférica, deben estar preferentemente destinados a la elaboración de tejidos, mientras que el hilo enrollado en una varilla conformaría en realidad bobinas de hilo preparadas, preferentemente, para ser utilizadas en las labores de costura.
Se tienen noticias del hallazgo en Castellón Alto de unos restos parcialmente carbonizados, de textura porosa, semejante a la espuma, que podrían corresponder a una madeja, ovillo o lana tejida descompuesta (Contreras et al., 2000: 89; Rodrí- guez-Ariza y Guillén, 2007: 67). Por otro lado, ya hemos citado el huso de madera sin hilo proce- dente de la cueva Sagrada I de Lorca, datado a finales del III milenio cal BC (Alfaro, 2005: 230).
Sin embargo, el conjunto más destacado es posiblemente el localizado en Terlinques (Jover et al., 2001). En este yacimiento, en el interior de un gran edificio destruido a comienzos del II milenio cal BC por un incendio, se conservaron carbonizados varios capazos de estiba de esparto repletos de cereales. En el interior de uno de ellos se localizaron 9 fragmentos que deben corresponder a, al menos, 3 o proba- blemente 4 husos (Fig. 6A). Estos se com- ponen de una vara alargada de madera de fresno, de sección cir- cular, más estrecha en las puntas, rodeada de fibra de junco hilado, con diferentes tipos de torsión (Jover et al., 2001). Del conjunto destaca un huso casi completo que presenta fracturados ambos extremos del fuste a la altura de la finaliza- ción de la fibra (Fig. 6A, n.o 9). Su aspecto muestra una conside- rable concentración de fibra en uno de los extremos -posiblemen- te donde se acumularía el hilo contra el con- trapeso o fusayola- que va disminuyendo en cantidad de forma constante conforme nos aproximamos a la zona por donde habría sido sujetada. En torno a un fuste constituido por una ramita de Fraxinus sp. encontramos hebras de un solo cabo de Scirpus holoschoenus con torsión en S, sin que sea posible determinar el número de hilos por cm2 (Fig. 6B).
En las proximidades del capazo (Fig. 7) que contenía los husos existía un banco de mamposte- ría al que se asociaban varios objetos, entre ellos, un punzón de cobre y una pequeña pieza de barro cocido de forma bicónica achatada con una pequeña y profunda oquedad situada en su centro (Fig. 8). Decimos oquedad y no perforación, ya que solo aparece en uno de sus extremos. Por su forma general y dimensiones es una fusayola, salvo por el detalle de la perforación, que prácti- camente todos los prototipos conocidos parecen poseer (Barber, 1992). En nuestra opinión habría que plantear la posibilidad de que se trate de un tipo que, en lugar de ser atravesada por el fuste de madera para conformar el huso, quedara fija mediante presión solo por un extremo. La opera- ción del hilado se realizaría entonces haciéndose girar el huso apoyado levemente sobre el extremo inferior de la pieza sobre una superficie lisa -por ejemplo, en el interior de un pequeño cuenco- como si fuera una peonza. De esta forma sería posible hilar, ya que una vez concluido el hilado se extraería del fuste la fusayola. Otra pieza de similares características fue documentada en la unidad habitacional VIII de Terlinques, correspon- diente a la tercera fase de ocupación del asenta- miento, lo que viene a mostrar la continuidad del empleo de este tipo de fusayolas a lo largo de su secuencia de ocupación.
3.1.3. Evidencias de cestería y cordelería
Aunque tenemos constancia del empleo de otros materiales, como la anea o el junco (Jover et al., 2001), el registro arqueológico permite inferir que el esparto fue la principal fibra empleada en labores de cestería y cordelería para la elaboración de diversos tipos de cestos y capazos, esteras, tapa- deras, sandalias, cortinas, lazos, asas y cordajes para la construcción. Así se evidencia en yacimientos como Cabezo Redondo (Soler García, 1987), Ter- linques (Jover et al., 2001) (Figs. 12-15), Castellón Alto (Rodríguez-Ariza et al., 2000, 2007), Cerro de El Cuchillo (Hernández et al., 1994; López Mira, 2004), La Ceñuela (Zamora, 1976: 220), Fuente Vermeja (Siret y Siret, 1890: lám. 14a), Lugarico Viejo (Siret y Siret, 1890: láms. 16, 67, 70 y 71) o Zapata (Siret y Siret, 1890: láms. 20, 122).
En los restos de cestería tejida se advierte el empleo de esparto crudo y también el de esparto cocido o picado, siguiendo los mismos procesos laborales que los empleados hasta fechas recientes (Soler et al., 2004: 73). Los entramados desarrolla- dos han sido muy variados destacando el liso o en damero, cruzadas en sargas, en espiral, y también la cestería cruzada en diagonal, más frecuente en yacimientos como Castellón Alto (Contreras, 2000). Algunos ejemplos de Terlinques (Fig. 9) muestran el empleo de esparto crudo y cocido a la vez en la realización de entramados lisos de capa- zos de estiba que contenían cereales, así como esparto cocido en la elaboración de tapaderas con entramado en espiral.
Otro tanto podemos decir del trabajo de cor- delería. Debieron utilizarse sobre todo en activi- dades agrícolas y ganaderas, pero también para elaborar asideros atados al cuello de algunas vasi- jas, como se ha constatado en Terlinques (Fig. 10) y Lloma de Betxí (De Pedro, 1998: 53-54, figs. 20, 15 y 16). Algunos cestos o capazos también se atarían a vigas o maderos con ayuda de cuerdas (Fig. 11). El empleo del esparto en labores cons- tructivas, para afianzar los troncos utilizados como largueros y travesaños de las techumbres, se constata en Castellón Alto (Rodríguez-Ariza, 2000: 95), Cerro de Enmedio (Lull, 1983: 277), La Ceñuela (Zamora, 1976: 221) y Terlinques. En este último yacimiento se ha usado también como aislante (Fig. 12) entre los travesaños de pino carrasco y los enfoscados de barro interior y exterior del techo de las viviendas (Machado et al., 2009).
Por último, en una de las viviendas de la zona oriental de la terraza intermedia de Castellón Alto apareció una superficie de más de 1 m2 de peque- ños haces de esparto unidos por dos cuerdas entrelazadas, formando lo que podría interpretarse como un lecho o cama para el descanso (Rodrí- guez-Ariza y Guillén, 2007: 69).
3.2. El instrumental textil
Una gran parte del instrumental relacionado con la producción textil estaría realizado en made- ra, lo que ha condicionado muy seriamente su conservación. Excepcionalmente, se ha menciona- do una posible lanzadera de madera localizada en las proximidades de un telar en el departamento VIII del Cerro de El Cuchillo (López Mira, 2004: 83), pero lo cierto es que del amplio elenco de objetos relacionados con la elaboración del hilo y la manufactura de tejidos -fusayolas, telares y pesas, punzones, etc.- tan solo se han conserva- do de una pequeña parte de ellos.
3.2.1. Fusayolas o contrapesos de husos
Aunque el huso no precisa necesariamente de un contrapeso o fusayola, su empleo en el extre- mo inferior del mismo aumenta la tensión de las fibras devanadas y consigue enrollar una mayor cantidad de hilo antes de que disminuya la veloci- dad del giro.
Los hermanos Siret (1890: lám. 20, n.o 88; lám. 24, n.os 68-73; lám. 65, n. os 100-102) ya documentaron varias fusayolas en Zapata, El Argar o Fuente Álamo, que describieron como "husos de barro cocido". Este objeto, de períme- tro aproximadamente circular elaborado con barro cocido, piedra, asta, hueso o madera, suele pre- sentar una perforación o depresión centrada en la que se asienta o introduce la varilla del huso. Su morfología y peso son importantes ya que se rela- cionan directamente con el grosor del hilo que se quiere crear.
Los estudios realizados para la zona (López Mira, 1995, 2004) han propuesto una clasifica- ción para las elaboradas en barro cocido o cerámi- ca en función del perfil que describe su sección transversal, el cual puede adoptar formas geomé- tricas simples o compuestas. Entre las primeras se ha diferenciado entre secciones rectangulares, cua- drangulares y elipsoidales, mientras que las com- puestas son fundamentalmente bitroncocónicas. No obstante, también pueden ser irregulares. De todas las variantes, las de sección rectangular son las más abundantes. También cabe indicar que mientras el peso de las fusayolas de momentos previos a la Edad del Bronce oscila entre los 20 y 55 g, con posteriori- dad se alcanzan valores de hasta 65 g; y que las formas bitroncocóni- cas, manufacturadas por primera vez durante la Edad del Bronce, presentan umbrales máximos aún mayores, entre los 15 y 105 g (López Mira, 2004: 88-89).
Por último, es necesario realizar un pequeño comentario en torno a ciertas piezas descritas como fusa- yolas que fueron elaboradas con porciones basales de las astas de ciervo (López Padilla, 2001: 253) (Fig. 13). Su identificación como tales es una propuesta compartida por numerosos investigadores (Bar- ber, 1992: 65; Ramseyer, 2001: 53; Provenzano, 2001: 59). Hoy, sin embargo, preferimos ser más prudentes al respecto de tal inter- pretación, y creemos que existen indicios suficientes para plantear otras hipótesis alternativas en cuanto a su funcio- nalidad (López Padilla, 2011: 426).
3.2.2. Telares y pesas de telar
A través de los estudios etnográficos y del registro arqueológico se han reconocido varios tipos de telares: telar de placas, de rejilla, de urdimbre tubular, horizontal y vertical de pesas (Alfaro, 1984: 85-110; Fortín, 1991; Cardito, 1996; Gleba, 2008). El que, por el momento, parece haber sido más utilizado durante la Edad del Bronce en el Sureste y Levante de la Península Ibérica es el telar vertical de pesas (Alfaro, 1984: 94-106; Contreras, 2000), lo que se infiere del hallazgo en varios yacimientos de concentraciones de pesas de telar o pondera de diferentes formas, perforaciones y tamaños.
Se trata de objetos de barro cocido -o más raramente de piedra, como los hallados en Rincón de Almendricos (Ayala, 1991: 174) o Peñalosa (Carrión, 2000: 147: fig. 7.4.1)- de diferentes formas -rectangulares, ovoides, troncopiramidales y troncocilíndricas-, tamaños y pesos -de 150 a 1.640 g- y número de perforaciones -1, 2, 3 o 4-, que suelen aparecer concentradas o apiladas en número variable o aisladas en número diverso en el interior de las áreas habitacionales o zonas de tránsito.
En los yacimientos argáricos las pesas más comunes son de dos tipos. Por un lado, de morfo- logía ovoide -algunas de tendencia circular en planta-, sección frontal de tendencia rectangular o irregular, y con 1, 2, 3 o 4 perforaciones, pre- sentes especialmente en Ifre (Siret y Siret, 1890: lám. 18, h-j), Zapata (Siret y Siret, 1890: láms. 84-86), El Argar (Siret y Siret, 1890: láms. 23, 72 y 75), El Oficio (Siret y Siret, 1890: láms. 62, 72) o Rincón de Almendricos (Ayala, 1991: 174). Por otro, las de tendencia rectangular, pero de lados cortos ligeramente redondeados, con sección fron- tal rectangular u oval, tamaño considerable -21 x 13 x 5 cm- y 4 perforaciones alineadas 2 a 2. Este tipo está presente en los yacimientos argári- cos señalados, pero también en la zona levantina, en yacimientos como Lloma de Betxí (De Pedro, 1998: 181-182) o Barranco Tuerto (Jover y López, 2005) (Fig. 14). El uso de estos tipos de pesas es habitual en los primeros siglos del II mile- nio cal BC, estando ya ausentes en los contextos posteriores a c. 1750 cal BC.
No obstante, las pesas de telar circulares de 2, y en algún caso de 3 perforaciones no centradas, son el único tipo constatado en los yacimientos argáricos de Peñalosa (Contreras, 2000) y Caste- llón Alto (Contreras et al., 2000: 90), cuya crono- logía debemos situar de forma plena en la primera mitad del II milenio cal BC; mientras que las pesas de telar circulares o tronco-cilíndricas con una única perforación centrada aparecen después de c. 1750 cal BC en yacimientos del área septentrional argárica y de su periferia, como se constata en Cabezo Redondo (Soler García, 1987) (Fig. 18), La Horna (Hernández, 1994) o San Antón de Orihuela (López Mira, 2009: 146).
Sería interminable la relación de yacimientos donde han sido documentadas pesas de telar. La elaboración de tejidos tuvo que ser una actividad habitual en casi todos los asentamientos, cuando no en buena parte de las unidades domésticas del asentamiento. Los hermanos Siret (1890) ya des- tacaron concentraciones de pesas de telar en diversas dependencias de Lugarico Viejo (Siret y Siret, 1890: 100-101) y El Oficio (Siret y Siret, 1890: 235). Pero quizás el hallazgo más singular fue el realizado en El Argar (Siret y Siret, 1890: 157, lám. XVII), donde se localizaron lo que se ha interpretado como dos lugares específicos de fabricación. El primero de ellos, integrado por unas 500 pesas ovoides de 2 perforaciones, alrede- dor de un tronco de gran tamaño carbonizado, y, el segundo, de otro conjunto similar de unas 100, apiladas alrededor de una vasija con carbón vege- tal. V. Lull (1983: 255) consideró que este tipo de evidencias eran indicadoras de la existencia de una clara especialización laboral del trabajo.
Por otro lado, en Peñalosa (Contreras y Cáma- ra, 2000: 129) se han documentado hasta ahora 146 pesas de telar de forma circular con dos per- foraciones, distribuidas por todos los sectores exca- vados. No obstante, destacan dos grandes concen- traciones: en el suelo de la casa IV, junto a la puerta de acceso; y en una pequeña zona interpre- tada como patio del complejo estructural CE VIg. La falta de uniformidad en su peso, constatada también en pesas similares de Cabezo Redondo (Soler García, 1987: 111), podría estar relacionada con el empleo de materias primas diversas, de con- sistencia variada, o a que cada una soportara un número diferente de hilos de la urdimbre (Alfaro, 1984: 99). Peñalosa, Contreras y Cámara (2000: 133) plantean como hipótesis una especialización en ciertas actividades textiles, aunque todas las unidades domésticas serían autosuficientes en lo que concierne a la producción de vestimenta.
En Castellón Alto se han documentado, tam- bién agrupadas, pesas de telar del mismo tipo (Contreras et al., 2000: 90). En su mayoría apare- cieron junto a una pared o una estructura que servía de apoyo al telar de madera. Las diferencias en cuanto al número de pesas encontradas en las estancias se ha vinculado con una diferente anchura de los telares. En Castellón Alto, 4 pesas se encontraban alineadas en hilera, lo que permi- tiría plantear la existencia de telares de unos 70- 80 cm, mientras que en Peñalosa las pesas se alineaban en número de 10, pudiendo alcanzar los telares una anchura de 100/120 cm (Contreras et al., 2000: 90).
Por otra parte, en Rincón de Almendricos se menciona la existencia de un posible telar en el sector sur de la casa Z, aprovechando un ligero rehundimiento u oquedad del pavimento asociada a 5 agujeros de poste de unos 10 cm de diámetro cada uno. Sobre dicha oquedad se concentraban diversos pondera oblongos o circulares de 4 perfo- raciones (Ayala, 1991: 174, fig. 31).
Otro yacimiento con un gran número de pie- zas de barro apiladas es la Lloma de Betxí. En la habitación n.o 1 (De Pedro, 1998: 181-182) fue- ron localizadas 28 piezas rectangulares de barro cocido con 4 perforaciones, alineadas de 2 en 2 en cada extremo. Se encontraban apiladas unas sobre otras sobre el suelo de ocupación. No se puede descartar que este tipo de objetos se pudie- sen utilizar también como devanadores, ya que muchas de las piezas no presentan perforación de parte a parte, sino una simple oquedad (ibidem).
Por último, Soler (1987: 111) menciona el hallazgo de 128 pesas cilíndricas con una perfora- ción centrada, de diferentes tamaños, repartidas en los 18 departamentos que excavó en Cabezo Redondo (Fig. 15), aunque con dos claras con- centraciones en los departamentos XVIII y XV. El grupo más numeroso estaba formado por un con- junto de 52 pesas que descansaban sobre una base de esparto tejido en espiral en el estrato V del sec- tor E del departamento XVIII. Las pesas estaban apiladas en un espacio rectangular en dos grupos y sobre ellas aparecían dos troncos carbonizados de unos 10 cm de diámetro, lo que permite infe- rir que se tratara de un telar vertical. No todas las pesas eran del mismo tamaño ni peso. Algunas de ellas presentan una ranura longitudinal por des- gaste a lo largo de toda la pieza, indicio de que los hilos pasaron dos veces por el agujero (Soler García, 1987: 112). Un ejemplo similar lo encon- tramos en La Horna (Hernández, 1994: 107).
En definitiva, son múltiples las evidencias que permiten inferir la presencia de telares verticales de pesas aunque no es posible hacer precisiones acerca de cuestiones fundamentales, como por ejemplo si el tamaño y el peso de los pondera tienen una relación directa con el tipo de fibra que se teje -lana o lino-, la calidad de los paños elaborados, o determinar el carácter de una activi- dad, constatada en casi todos los yacimientos excavados en extensión hasta la fecha, que com- parte el espacio con otras actividades productivas.
3.2.3. Carretes y tensadores
Otros objetos descritos como carretes de arcilla han sido interpretados como bobinas para contener hilo o con funciones textiles. Por el momento, se han localizado en muy pocos asentamientos, entre los que cabe mencionar Peñalosa (Contreras y Cámara, 2000: 133). El Argar (Siret y Siret, 1890: 157, lám. 24), El Picacho de Oria (Hernández y Dug, 1975) y la Cuesta del Negro (Contreras y Cá- mara, 2000: 133).
Por otro lado, en la Lloma de Betxí fueron documentadas 2 placas de cerámica con forma de doble T (Fig. 16), también denominadas "ancori- formes" (De Pedro, 1998: 165, figs. 105, 108 y 109) de las que hasta el momento solo se conocen otras similares en yacimientos europeos, interpre- tadas como ídolos. Sin embargo, atendiendo a algunos datos etnográficos, M. J. de Pedro (1998: 213) se inclina a relacionarlas con algún tipo de actividad textil, empleadas como tensadores de fibras, tal y como los denomina Cardito (1996), o soportes para ovillar, o quizás como ele- mentos de cierre o sujeción a modo de hebillas.
3.2.4. Agujas y punzones
A pesar de haber sido puestos en relación con las actividades textiles, las experimentaciones y el análisis de las huellas de uso de algunos artefac- tos óseos de Europa y América han puesto de manifiesto la gran variedad de procesos de traba- jo en los que pudieron haber estado involucra- dos las puntas y los punzones de hueso -y también de metal- y entre los que se incluyen la perforación de pieles y cueros, la elaboración de productos con corteza de árboles, la producción de artefactos de cáñamo y esparto, la eliminación de espinas de pescado, el desgranado de frutos o la realización de tatuajes (Le Moine, 1994; Griffits, 1997; Sofer, 2004; Buc y Loponte, 2007).
Sin embargo, es razonable suponer que durante la Edad del Bronce una parte importante del tiem- po de trabajo de estos instrumentos estuviese prin- cipalmente orientado a la cestería y a la perforación de cueros y su cosido para la elaboración de pren- das como muestran algunos estudios traceológicos (Becker, 2001: 132). Lo que parece fuera de toda duda es la implicación de las agujas en el cosido. Debieron existir de madera, pero las que se han conservado hasta nuestros días son las elaboradas en hueso. De estas, proliferaron las manufacturadas a partir de la fíbula de los suidos, en las que el extremo proximal del hueso -que ofrece una super- ficie aplanada y delgada, unida a una arista ósea más masiva- se practicaba una perforación por la que pasaba el hilo (López Padilla, 2011: 389).
3.2.5. Separadores de hilos
Meneses (1990: 63) proponía que algunas pla- cas óseas multiperforadas localizadas en diversos yacimientos andaluces del IV y III milenio BC se usaban como medio de separar los hilos de la urdimbre y facilitar la inserción en ellos de la trama. Creemos probable que una pieza de Cabezo Redondo (López Padilla, 2011: 430), ela- borada a partir de una varilla longitudinal de asta de ciervo, se empleara de modo similar, aunque en fechas más recientes se ha incidido en la posi- bilidad de que los ejemplares neolíticos de la Cueva del Toro y de la Cueva de Nerja actuaran realmente como separadores de collar (Carrasco et al., 2009). Bien es cierto que el objeto en cuestión ofrece algunas diferencias con respecto a estos, como por ejemplo el tipo de soporte óseo empleado -asta de ciervo y no diáfisis óseas-, el número de perforaciones -no superior a 8, cuando la pieza de Cabezo Redondo (Fig. 17) debió presentar al menos una docena- y su disposición -alineadas longitudinalmente, mientras que en el único extremo conservado de la pieza señalada se aprecia cómo al menos una perforación aparece desplaza- da del eje longitudinal, y algo similar se intuye en el extremo opuesto-. Si se tratara de un separador de hilos, su función principal sería, tal y como proponía Meneses (1990), elaborar tiras de tejido para la confección de cinturones y cintas o incluso bordes de paños, como paso comple- mentario en la tejeduría de telas de amplitud muy superior a los escasa- mente 8/10 cm de anchura que podrían obtenerse con ella (Alfaro, 1984).
La escasez de ejemplares obedece muy probablemente a que en su gran mayoría debieron elaborarse en made- ra, como es el caso del separador (Fig. 18) localizado en el departamento VIII del Cerro de El Cuchillo (Hernández y Simón, 1993), donde también se documentó una importante concen- tración de pesas de telar de cuatro perforaciones. La pieza, completa- mente carbonizada, es una pequeña tablilla de madera alargada, de pro- porciones similares a la de Cabezo Redondo en cuanto a la anchura, que presenta al menos 4 perforaciones, en una de las cuales se conservó también carbonizado un pequeño trozo de hilo pasado por dentro.
4. Algunas consideraciones sobre los procesos de trabajo textiles durante la Edad del Bronce en el cuadrante suroriental de la Península Ibérica
Más de un siglo de investigaciones arqueológi- cas sobre el grupo argárico y otros coetáneos colin- dantes han mostrado el importante grado de desa- rrollo sociopolítico del primero y la complejidad de las interrelaciones que se establecieron entre ellos (Lull et al., 2009; Jover y López, 2009). Se trata de entidades sociales plenamente consolidadas, que ocuparon diversos pisos bioclimáticos, a las que se puede atribuir una destacada capacidad productiva.
Pesas de telar, fusayolas, evidencias de lino y cestería son habituales en prácticamente todos los asentamientos excavados, con independencia de su emplazamiento en altura o en el llano, de su tamaño o de la importancia y variedad de sus edi- ficaciones. Su presencia está ampliamente consta- tada incluso en asentamientos para los que, como Peñalosa, se ha propuesto una acusada especializa- ción en otras ramas productivas (Contreras, 2000). De todo ello parece inferirse que la producción textil no fue una actividad realizada en talleres especializados, sino que los procesos de trabajo esenciales serían efectuados habitualmente en el marco de las unidades domésticas y su principal objetivo sería cubrir las necesidades de estas, aun- que ciertos productos pudieran ser utilizados tam- bién para el intercambio directo o diferido.
Ello no implica necesariamente que las tareas involucradas en la producción de tejidos o parte de las mismas no pudiesen efectuarse también en determinados espacios habilitados para ello por un conjunto de unidades domésticas o de la comuni- dad al completo. Todo redundaría en una mayor eficacia en el procesado de ciertas materias primas como, por ejemplo, la lana, que requieren de espa- cios suficientemente amplios para su tratamiento y almacenamiento, pudiéndose efectuar con poste- rioridad el reparto a cada unidad doméstica de la materia prima obtenida y tratada. Por tanto, el registro arqueológico disponible hasta este momento no se muestra necesariamente acorde con una hipótesis que plantee un control estricto y exclusivo de la producción textil por parte de un segmento específico de la sociedad argárica o de los grupos de la Edad del Bronce coetáneos. Desde nuestra perspectiva, la actividad textil podría con- siderarse como una actividad artesanal más, cuyo conocimiento y dominio técnico se transmitiría generacionalmente sin trascender el marco de otras tareas vinculadas a la reproducción del grupo doméstico, como la talla de la piedra, el pastoreo, la alfarería o el preparado de alimentos. Sin embargo, la realidad podría ser algo más compleja, pues es cierto que no todos los indicadores apun- tan en una misma dirección.
No cabe duda de que el registro del Sureste y Levante peninsular contrasta claramente en este sentido con el de otras sociedades del ámbito mesopotámico (McCorriston, 1997) y del medite- rráneo oriental, anteriores o coetáneas a El Argar. En ellas la producción textil alcanzó un alto grado de especialización, controlada por grupos dominan- tes que disponían de una amplia fuerza de trabajo especializada -integrada fundamentalmente por mujeres, pero también de hombres encargados del acabado final del producto (Killen, 1984: 52)- que desarrollaban su trabajo en talleres dedicados en exclusividad a la producción de tejidos de lana y lino (Barber, 1992; French, 2005: 146).
En la Península Ibérica solo encontraremos algunos indicios de una especialización similar en la cultura íbera, mucho después de la desaparición de la cultura de El Argar. Para algunos autores, las necesidades productivas de la sociedad íbera impli- carían alguna forma de trabajo dependiente feme- nino que permitiese sostener la jerarquización social (Masvidal et al., 2000: 120). A favor de esta hipótesis se ha indicado la existencia de posibles talleres especializados como el de Coll del Moro de Gandesa (Rafel, 2008: 118) o las referencias docu- mentales de autores clásicos sobre la calidad de las telas de lino íberas (Castro, 1983-1984: 97). En este mismo sentido se ha destacado la presencia recurrente de instrumentos textiles -fuyasolas, husos, tensadores- en ajuares funerarios que, sin la debida corroboración y evaluación crítica, han sido habitualmente asociados a mujeres (Rafel, 2008).
Resulta llamativo el contraste que supone la amplia presencia de instrumentos textiles en numerosas tumbas íberas frente a su total ausen- cia en las de los grupos de la Edad del Bronce, aunque no podemos olvidar el papel que pudie- ron jugar en este sentido los punzones y cuchillos, habituales en los ajuares de enterramiento de mujeres consideradas como pertenecientes a los grupos dominantes argáricos. La eventual vincula- ción de estos instrumentos con el trabajo textil ha llevado a sugerir que las mujeres que fueron ente- rradas con ellos pudieron ejercer una función de control en las fases finales de la producción, espe- cialmente de lino y esparto (Risch, 2002: 275).
Los ropajes -al igual que el maquillaje facial y corporal- han sido empleados en numerosas socie- dades del pasado como símbolos demarcadores de estatus, pero también de pertenencia a una deter- minada etnia o género. Conviene no olvidar que en las inhumaciones argáricas anteriormente descri- tas, además de incluir armas y adornos metálicos a los que se atribuye un alto valor social por su sin- gularidad, se han registrado restos de prendas y paños de lino, que en algunos casos excepcionales podrían haber estado incluso teñidos con diversas sustancias colorantes tales como el cinabrio (Siret y Siret, 1890). Por otro lado, se dispone de pruebas de la existencia de áreas de actividad destinadas a la producción de medios de trabajo en cantidades muy superiores a las necesarias para satisfacer la demanda de un telar familiar, como las registradas en el yacimiento de El Argar (ibidem: 157), todo lo cual cabría interpretar como indicios de que al menos una parte determinada del trabajo artesanal dedicado a la elaboración de tejidos podría estar bajo el mismo tipo de control ejercido por los gru- pos dominantes sobre otros productos y materias primas de alto valor social, como el marfil o los metales preciosos.
En cualquier caso, es importante señalar las diferentes implicaciones sociales y económicas que supondrían los procesos laborales dirigidos a la obtención, producción, intercambio y distribución de tejidos de lana, por un lado, y de lino, por otro. Mientras que la lana puede obtenerse a través de la gestión de pequeños rebaños de ovejas -lo cual estaría al alcance, en apariencia al menos, de prácti- camente todos los asentamientos de la Edad del Bronce conocidos en el territorio en estudio- el cultivo del lino solo es posible en lugares con abundancia de agua constante. Además, las necesi- dades de fibras de lino para la vestimenta y de semillas para garantizar la siguiente siembra impli- carían unos volúmenes de producción considerables y una amplia inversión de trabajo (Risch, 2002: 263). Su producción, tratamiento e intercambio sería más habitual de lo considerado hasta el momento en la investigación, más proclive a cen- trar su atención sobre objetos no perecederos que en los escasos residuos de materiales orgánicos con- servados relacionados con la tejeduría.
Así pues, la producción de paños y ropajes jugaría un papel destacado en la economía de las sociedades de la Prehistoria reciente en proceso de estratificación social. Las pocas pero significativas evidencias funerarias a las que hemos hecho refe- rencia así parecen atestiguarlo. Y no sería aventurado considerar que los incipientes grupos dominantes fijaran su atención en el control de la produc- ción, distribución, intercambio y acce- so al consumo del lino desde los momentos iniciales de su proceso de consolidación. Los datos disponibles en la actualidad no permiten corrobo- rar que la actividad textil alcanzara, ni en el Argar ni en los grupos arqueo- lógicos vecinos, el grado de especia- lización que se manifiesta en el Medi- terráneo oriental (Barber, 1992; French, 2005) o en la sociedad íbera posterior. Tampoco contamos con información que permita corroborar la existencia de personas dedicadas íntegramente al transporte y/o específicamente al tratamiento de las fibras. Todo parece indicar que buena parte de los procesos pro- ductivos relacionados con las artesanías se efectua- rían en el seno de los grupos domésticos (Fig. 19), sin perjuicio de que se pudiesen obtener todos aquellos productos necesarios para su reproducción a través de reciprocidad directa o diferida, alianzas u otra serie de relaciones de carácter intersocial.
Por último, consideramos que todavía es nece- sario profundizar en la identificación de la divi- sión sexual del trabajo, pero sobre todo en la incipiente división técnica y social. Los elemen- tos valorados permiten cuestionar que la pro- ducción textil fuese una actividad especializada a tiempo completo en estos territorios. Únicamen- te empezaría a serlo en momentos posteriores, cuando los grupos dominantes constituyeran un cuerpo de personas dedicadas a la producción de tejidos singulares por su mayor calidad, así como al transporte, preparación y tratamientos de las fibras. Solo futuros trabajos permitirán fijar con mayor precisión estas cuestiones, espe- cialmente las relacionadas con la importancia de la producción e intercambio de tejidos de lino, productos básicos en las sociedades de la Edad del Bronce peninsular, pero todavía no valora- dos suficientemente.
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Francisco Javier JOVER MAESTRE* y Juan Antonio LÓPEZ PADILLA**
* Dpto. de Prehistoria, Arqueología, Historia Antigua, Filología Griega y Filología Latina. Universidad de Alicante. Aptdo. 99. 03080 Alicante. Correo-e: [email protected]
** Museo Arqueológico Provincial de Alicante, MARQ. Plaza Gómez Ulla, s/n. 03013 Alicante. Correo-e: [email protected]
Recepción: 25/06/2012; Revisión: 26/07/2012; Aceptación: 30/07/2012
BIBLID [0514-7336 (2013) LXXI, enero-junio; 149-171]
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Copyright Ediciones Universidad de Salamanca Jan-Jun 2013
Abstract
In this paper, we try to assess the importance of textile production in the societies of the Bronze Age in the Eastern Iberian Peninsula. We have tried to characterize each of the crafts, weaving textiles, cordage and basketry, mainly. We have made a thorough inventory of the published archaeological evidence related to textile production. It has paid particular interest to those that allow us to infer how far this was an activity subject to social control. It has critically evaluated the archaeological evidence and the contextual information associated with it. We conclude that, as a whole and in space and time considered, some textile production processes -like cordage and basketry- were clearly developed in a household field, compared to others, such as manufacture of fabrics and dresses, on which apparently it was exerted more control in their production and distribution. [PUBLICATION ABSTRACT]
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